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Publicado el
8 jun. 2021
Tiempo de lectura
9 minutos
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Kmana, artesanía sostenible y viajera que "redefine el lujo" desde Bali

Publicado el
8 jun. 2021

Del espíritu viajero nace Kmana. Una marca de bolsos sostenibles nacida en Bali, en el año 2018, para la que la artesanía y la creación de oportunidades para las comunidades locales son los fundamentos sobre los que asentar su negocio responsable en la industria de la moda. Su co-fundadora, Bea Sanz, una barcelonesa de carácter aventurero que lleva toda una vida viajando a través de los 5 continentes, cuenta su historia a FashionNetwork.com. Un relato en el que su formación como antropóloga y economista, así como su trayectoria en el ámbito de la cooperación internacional, se mezcla con su voluntad de crear una firma respetuosa desde Bali, el lugar que ha conseguido que esta catalana eche sus raíces.


Kiko Tous y Bea Sanz, la pareja detrás de la marca - Kmana



“Cuando llegamos aquí nos encontramos con ese mundo de artesanos que trabajan con las manos de forma alucinante, de los que ya quedan pocos en Europa”, cuenta apasionada Bea Sanz sobre el descubrimiento de la artesanía local a su llegada a Bali, en 2013. Un hallazgo que, hace 2 años, la llevó a fundar su propia marca junto a su marido, Kiko Tous, un mallorquín especialista en arquitectura y diseño. Inspirada por una maleta de piel de más de 40 años, que acompañó en todos sus viajes al abuelo orfebre de la emprendedora, la firma nació de forma natural como un pequeño proyecto personal. “El proyecto es un homenaje a los viajeros. Lo que más me define es que llevo 25 años viajando. Mi idea fue crear bolsos que puedan durar toda la vida, de diseño atemporal, con una trazabilidad de la piel y de su producción. El bolso viene ya cargado con una serie de historias dignas y bonitas, para el medioambiente y las personas que han trabajado en él”, asegura.

Diseño contemporáneo y "savoir faire" ancestral

Sus inicios se desarrollaron poco a poco. “Empecé a trabajar con un par de familias de artesanos para crear bolsos para mis propios viajes. Después, todo siguió de forma muy orgánica, creando bolsos para amigos y conocidos a los que les habían gustado los diseños”, recuerda la barcelonesa. Y el carácter único de sus diseños convenció más allá de su propio círculo de allegados. “Fue entonces cuando mi marido y yo quisimos crear una marca de diseño contemporáneo, que es algo que aquí aún no se hacía tanto, combinado con la artesanía tradicional”, explica Sanz sobre una de las principales características del proyecto: el trabajo manual y la protección de las técnicas ancestrales. “A pesar de la exquisitez con la que trabaja, a los artesanos de aquí no se les da el valor que deberían tener. No pesa lo mismo un “hecho en Indonesia” que un “hecho en Italia”. Se ha asociado al hecho de venir aquí el producir al mínimo coste y vender a un precio con márgenes enormes”, reivindica la emprendedora sobre la necesidad de dar la vuelta a estas ideas preconcebidas y dar a conocer el “savoir-faire” local.

“Quisimos definir un poco el concepto de “hecho en Indonesia”, aspirando a la calidad del producto y a darle el valor que se merece”, prosigue la impulsora de Kmana, detallando que la idea no era otra que “proponer productos de lujo, hechos a mano como se hacía antes, y trabajados a medida”. Para ello, el respeto al medioambiente resultó un imperativo para la concepción del negocio. “Le dimos forma al proyecto alrededor de la idea de sostenibilidad. Investigamos sobre lo que significa exactamente ser una marca sostenible”, asegura, citando algunas prácticas como “el curtido de la piel sin cromo, el uso de tintes vegetales, la posibilidad de aplicar técnicas de trenzado del bambú a la piel, el estudio de opciones de bordado…”. 

Todo ello, sin olvidar a los trabajadores y el desarrollo de “oportunidades” en las comunidades locales más desfavorecidas. “Quisimos trabajar con mujeres, cooperativas de tejedoras o fundaciones que colaboran con mujeres recolectoras de algas que se han quedado sin trabajo”, explica Bea Sanz, argumentando que el proyecto se asentó igualmente en la “idea de promover el trabajo de las mujeres y darles oportunidades, ya que en el mundo de la piel está todavía muy dominado por los hombres”. Y concluye: “Quería crear algo que no solo fuera un negocio”.


Los bolsos grandes y minimalistas triunfan en Europa y Estados Unidos - Kmana


De esta forma, la marca de bolsos, que también desarrolla algunos modelos de calzado o cazadoras de piel, trabaja actualmente con 3 artesanos y a modo de una red en colaboración con fundaciones y asociaciones. “No queremos integrar verticalmente a todos los artesanos, sino trabajar con ellos. Lo que vemos es que al ayudarles a hacer otras cosas, mejorar la calidad o ir más allá en el diseño, también están aumentando sus oportunidades de trabajar con otros clientes y marcas. Se crea un efecto multiplicador y creo que puede tener un potencial enorme”, comenta la emprendedora sobre su modelo, que describe como un “proceso de co-creación con los artesanos”.

El enorme reto de la sostenibilidad



¿Es sostenible una marca que emplea piel animal? Bea Sanz defiende que es posible, aunque no sea el único proyecto en su horizonte. “Utilizamos piel porque es un producto secundario de la industria cárnica que hay aquí, asegurando su trazabilidad. Hemos investigado la piel vegana a partir de la proteína de la soja, pero el resultado aún no ha sido bueno, así que seguiremos trabajando en ello”, afirma con motivación, indicando que “por ahora, le damos vida a un material biodegradable que, de no haberlo empleado, se convertiría en desecho”.

Para la co-fundadora de Kmana, la sostenibilidad es “un viaje” que no siempre es “fácil”. “A medida que vas avanzando y respondes a ciertas preguntas, surgen muchas más sobre hasta dónde puedes integrar la sostenibilidad en tu cadena de valor”, reflexiona sobre la talla y la transversalidad del desafío del desarrollo responsable. “El tema del medioambiente es fundamental, más que nunca. Pero también hay que tener en cuenta la cuestión sobre las personas, las condiciones de los trabajadores. Y por otro lado, el cultural: preservar técnicas ancestrales, recuperar cosas que si no se perdieron…”, indica, concluyendo que se trata de encontrar la justa medida. “Hay que buscar el equilibrio porque, a veces, cuando te vas hacia una de las dimensiones exclusivamente pierdes un poco de las otras”, admite.

En la búsqueda de la mejor ecuación posible, Kmana definió “10 objetivos que han ido evolucionando”. “Lo primero que tendríamos que hacer todos es consumir menos y empezar a proponer alternativas al fast fashion, un consumo de ropa como si fueran golosinas al que hemos contribuido todos. Hay que volver a la época de los abuelos, cuando se compraban pocas piezas y había una historia alrededor de ellas”, defiende Bea Sanz como primer compromiso. 

Y continúa, sobre los múltiples aspectos ligados a la sostenibilidad de un proyecto: “de ahí sigue lo que hacemos por el medioambiente, como el no utilizar químicos en el proceso de curtido, el compromiso a utilizar 0 plásticos, trabajo con algodón orgánico, complementar nuestro impacto de carbono con una contribución a una organización que planta árboles, el ser ‘zero waste’… O el compromiso de garantizar y verificar unas condiciones dignas de trabajo, el salario mínimo, horarios aceptables, que no haya trabajo infantil…”. Numerosos retos que van ligados a la voluntad de “mejorar la transparencia” a través de varias aplicaciones o la aplicación para obtener el sello B Corp.

No obstante, mantiene ciertas reticencias sobre la complejidad que por ahora rodea al universo ‘green’. “Nadie es totalmente sostenible, la sostenibilidad es uno de esos términos que tiene un significado diferente para cada persona. Cuanto más obliguemos a las marcas a ser transparentes, menos se pueden esconder. El cambio va a venir en el momento que cambien los grandes, asuman responsabilidades y la sostenibilidad tendrá que convertirse en la nueva normalidad”, reconoce, subrayando igualmente las limitaciones a la hora de conseguir sellos de garantía. “Hay certificados que no podemos tener porque no nos los podemos permitir. Además, certifican uno de los productos que utilizas o uno de los procesos”, comenta. 


Las técnicas tradicionales forman parte del corazón de la marca - Kmana



“Hay que informar con términos que sean claros y ayudar a tomar las buenas decisiones a los consumidores. Hay que crear incentivos para ayudar a las personas a tomar las buenas decisiones”, afirma, citando el caso de algunas aplicaciones que proponen un sistema de puntos por compras sostenibles que incluyen recompensas, al estilo del crédito de vuelo con las compañías aéreas. Y es que no hay que perder de vista que el precio sigue siendo una de las cuestiones fundamentales en la decisión de compra. “Hay que tener en cuenta que mucha gente compra moda rápida porque la otra opción es más cara. Estamos viendo cómo bajar el precio de nuestros productos para hacerlos más accesibles”, comenta Bea Sanz sobre la necesidad de acercarse a los consumidores y la posibilidad de poner en marcha una línea más “accesible”.

El precio de ser responsable



“Al ser tan artesanal, integrando elementos que no son los estándares aquí, de coste los productos no resultan baratos. Nuestros márgenes no son grandes. Me doy cuenta de que con la crisis pueden ser caros y estamos revisando el posicionamiento para redefinir el concepto del lujo”, analiza la impulsora de la marca, cuyos precios van desde 45 dólares la funda de gafas de piel trenzada hasta 480 dólares la bolsa de viaje. En todo caso, insiste en la necesidad de fijar precios justos. “Cada vez va a ser más difícil esconder las malas prácticas. Bangladesh es todavía un país de gran miseria, pero hay otros países que están avanzando y no quieren seguir siendo la zona franca de talleres. Y esto tendrá una repercusión en el precio. Tenemos que educar en la manera de pensar, volver a valores y maneras de consumir más responsable: comprar menos y mejor”, afirma.

Actualmente, Kmana opera con 2 puntos de venta físicos en Bali;  además de contar con presencia en The Canvas, en Nueva York; en Design Orchard, en Singapur y en diversas plataformas online como Staiy, Wolf & Badger, Krisshop, Rootip y Susgain. Por mercados, la firma, orientada a un target “de más de 30 años”, destaca en Estados Unidos y Europa, donde los clientes prefieren los bolsos grandes y minimalistas; o en Singapur e Indonesia, donde los compradores los prefieren pequeños y estructurados.

Pese al impacto de la pandemia, que obligó a la marca a reorientar su negocio solo un año después de su lanzamiento, para dar “prioridad a la creación de mascarillas y otro tipo de proyectos con los artesanos para servir más a la comunidad”, Bea Sanz mantiene su carácter de optimista empedernida. “Ahora estamos empezando a retomar el vuelo”, sonríe, confiada en que las cosas cambiarán y será posible “contaminar de manera positiva con las buenas acciones”.

“La narrativa de miedo que hay ahora mismo en Europa no ayuda nada”, comenta sobre la actualidad marcada por las restricciones y las temidas consecuencias del Covid-19, argumentando que es algo importante que ha aprendido en sus años trabajando en cooperación internacional. “A veces, la denuncia no es suficiente para cambiar las cosas. Hay que ofrecer alternativas, ayudar a aquellos que igual tampoco tienen tanto tiempo, ganas o capacidad de cambiar”, afirma, en el plano relativo a la sostenibilidad. “El naming y shaming no es tan útil. Hay que empezar a cambiar la narrativa, premiar comportamientos positivos, dar a conocer las buenas historias. Al final es algo que se contagia”, concluye con optimismo.

 

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