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1 abr. 2013
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4 minutos
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Helena Rubinstein y Eugène Schueller, la cara oculta de la belleza

Por
EFE
Publicado el
1 abr. 2013

Madrid - La industria cosmética, convertida hoy en una fábrica de deseos relacionados con la imagen del hombre, esconde una oscura trastienda que Ruth Brandon pone al descubierto en "La cara oculta de la belleza", libro que descubre la biografía de Helena Rubinstein y Eugéne Schueller, fundador de L'Orèal.

La escritora inglesa Ryth Brandon ha publicado una biografía coral en la que narra la historia de dos vidas extrañamente cruzadas: la de la judía polaca Helena Rubinstein (1870-1965) y la del químico francés Eugène Schueller. Fundadores de dos grandes imperios de la cosmética del siglo XX, "que, a pesar de su rivalidad, acabaron juntos cuando L'Orèal adquirió Rubinstein", cuenta Brandon en su libro.



www.ruthbrandon.co.uk

Ambas idearon cientos de productos faciales, cosméticos, barras de labios, lociones capilares y tintes, "además de la necesidad de consumirlos y sortear las convulsiones históricas del pasado siglo como el crack del 29", puntualiza la autora.

¿Quién no ha oído hablar de Helena Rubinstein, la reina de los cosméticos? se pregunta Brandon y se responde explicando "un importante personaje de la sociedad neoyorquina diminuta, rellenita, encaramada en sus tacones de aguja y cubierta de extravagantes joyas".

A Rubinstein, que nació en Kazimierz, el gueto judío de Cracovia en una familia humilde y abrió su primer local de belleza en Melbourne (Australia), siempre se la veía corriendo desde su apartamento de Park Avenue a su salón de belleza, en la Quinta Avenida con la 57, "llevando en la mano un bolso repleto de dólares y una bolsa de papel con un almuerzo copioso", cuenta la autora.

Imposible pasar desapercibida, más cuando su rostro aparecía en los anuncios de sus productos. "Era la energía personificada, una figura más bien cómica e imponente a la vez", detalla Brandon, quien la define como una mujer "decidida, impasible, astuta y elegante a quien siempre le gustaba mostrar una imagen de científica".

Cuando Helena Rubinstein entró en los negocios, los hombres monopolizaban el mundo social y financiero. "Fueron ellos los que decretaron que una mujer respetable no debía ir pintarrajeada", dice.

"El trabajo ha sido mi mejor tratamiento de belleza. Mantienen a raya las arrugas, permite mantener joven el corazón y el espíritu. Ayuda a una mujer a conservar la juventud, y por supuesto, la vitalidad", decía la dama de la belleza.

Al igual que "madame" Rubinstein, Eugène Schueller amasó una gran fortuna agracias a que irrumpió en el negocio de la belleza en el momento idóneo, "justo cuando descubrió que el hombre temía envejecer y le obsesionaban las canas y las arrugas", explica Brandon.

Cuando Rubinstein abrió su salón, Eugéne Schueller, que era un hombre autoritario, alcanzó su objetivo de crear un tinte sin riesgos para la salud, un producto que bautizó provisionalmente como L'Auréole, en honor a un peinado muy popular de 1905. No tardo en cambiarle el nombre por el de L'Oréal.

Ambos empresarios nacieron pobres. La familia Schueller, originaria de Alsacia, se trasladó al barrio parisino de Montparnasse, donde su padre montó una pastelería. "Todas la mañanas desde que cumpliera los cuatro años engrasaba moldes para tartas y pelaba almendras antes de marcharse al colegio", narra la autora.

El padre de Rubinstein se ganaba la vida vendiendo combustible y huevos en el mercado, "aunque ella siempre aseguró que venía de una familia adinerada, que residía en una mansión cerca de Rynek y que su padre era un vendedor de comestibles al por mayor, además de intelectual y coleccionista de libros".

Pero si había algo que los diferenciaba es que ella era reconocida en toda la sociedad y él un perfecto anónimo, que vivía enclaustrado en su imperio y que solía levantarse a las cuatro de la madrugada para visitar sus fábricas en su Rolls Royce, una auténtica oficina sobre ruedas, que le permitía preservar su intimidad.

"Estaba tan desconectado de la sociedad que, cuando su esposa falleció y decidió volverse a casar, tuvo que conformarse con la institutriz de su hija, Liliane Bettencourt", cuenta Brandon.

Tras una rentables carreras en paralelo, en 1988, L'Oréal compró Helena Rubinstein, una operación financiera que no hubiera suscitado mayor interés, "si no fuera porque Rubinstein era judía y Schueller un destacado colaborador con las ideas fascistas", concluye. EFE

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